Tres consejos para cultivar nuestras relaciones con nuestras Mamás


“Crecer no significa nada para una madre. Un niño es un niño. Se hacen más grandes, más viejos, pero para ellas, siguen siendo sus niños”.

-Toni Morrison


Cuando tenía 18 años, me mudé de la casa de mis padres en Pennsylvania, hacia la casa de mis abuelos paternos en Puerto Rico para comenzar mis estudios universitarios. Recuerdo haber estado tan emocionada por la libertad que pensé que tendría. “¡Mis padres no me dirán qué hacer!”, “Ahora por fin me sentiré como adulta”. Ese era mi pensamiento. (¡Qué mal!) Pero ahora a mis 23 años, una de las cosas que más alegría me da es estar cerca de mis padres.



Me di cuenta con el tiempo de que esa supuesta “libertad” lo único que hacía era alejarme más de Dios, y desobedecer los muchos consejos que mi mamá me daba. “Cada acción que tomes tendrá una consecuencia.” ¡Eso es lo que mi mamá siempre me decía! Y mi pensamiento era: “¿Cuándo ella se dará cuenta que ya soy grande?” Y ahora que he crecido, veo que nuestras madres ven que sus hijos nacen, crecen, y salen del nido. Pero a través de sus ojos, nunca dejamos de ser los pequeños de mamá. Como hija, me tomó muchos años confiar en mi mamá y reconocer que ella era la persona que más cuidaría de mi y quien me daría los mejores consejos. Ya que ella busca siempre la dirección de Dios, está doblemente capacitada para guiarme.


Al ser jóvenes, buscamos consejos y opiniones de quien sea, menos de nuestras madres. Los buscamos en nuestras amistades, o familiares cercanos a nuestra propia edad. Y frecuentemente, hasta buscamos consejos de personas que sabemos que nos dirán lo que nosotras queremos oír. Les confieso que para mí no era fácil contarle absolutamente nada a mi mamá… ¡nada! Pero a medida que fui creciendo, pude ir desarrollando distintas maneras en las cuales pude hacer que mi relación con mi mamá creciera. Así que, ¿cómo podemos cultivar nuestra relación con nuestras madres?

Comunicación:

¡Ambas somos mujeres! Ella ha pasado por las mismas emociones por las cuales yo estoy pasando ahora, ha tenido mis mismas preocupaciones juveniles, y ambas hemos pasado por experiencias similares. Al comunicarme abiertamente con ella, ¡ella me puede librar de los errores que ella misma cometió en su pasado! Puede tomar tiempo, pero vale tanto la pena confiar en una mujer sabia, que siempre nos aconsejarán con nuestros mejores intereses en mente.

Tiempo de calidad:

Esto puede ser algo muy sencillo. Ver una película en la casa, salir a comer, o hasta ir a hacerse las uñas y el pelo juntas. El simple hecho de pasar unas cuantas horas en su compañía, con el tiempo te hará sentir mucho más cómoda al momento de hablar de temas más serios y complejos.

Afecto:

Yo realmente no soy la persona más cariñosa del universo, pero puedo decir que mi mamá sí lo es. Y al ver su cara de felicidad cada vez que accedo a que ella me de un abrazo o un beso, ¡vale mil! Esto también afecta mucho la relación entre madre e hija. Tener algún momento en el día de cariño, (sea físico o simplemente decirle “te amo”) marca toda la diferencia.

Cultivar una relación saludable con nuestras madres realmente toma tiempo. (¡A mí me tomó 22 años!) Pero cuando logramos cultivarla, encontramos a nuestra confidente, nuestro ejemplo a seguir, y a nuestra mejor amiga. ¿Qué más podemos pedir?


¡Que Dios nos ayude a buscar consejos de las mujeres adecuadas, para así crecer y convertirnos en mujeres sabias y virtuosas!